La sangre caliente y espesa brota de mis heridas aún abiertas, heridas que me hicieron perder la conciencia y me dejaron destrozado en el suelo. Pensé que alguno de aquellos que cuidé cuando estaban mal vendrían, pensé que alguno de aquellos para los cuales casé cuando no podían levantarse me daría un poco de comida, pero no fue así: muchas de mis llagas, ahora infectadas, no pueden ser recuperadas con un simple lamido, pero las que se pueden recuperar las estoy lamiendo yo mismo, con el deseo de recuperarme aunque sea un poco para poder casar y alimentarme de nuevo.
Ya estoy de pie, y ahora que me ves con la frente en alto vuelves a que yo lama tus heridas. ¡Que patético animal eres! ¿Donde está esa independencia y autovalencia que gritas a los cuatro vientos, y que es tu orgullo? No eres más que un ser pusilánime, ínfimo, inconsecuente, metiroso. Pretendes ser un animal fuerte, dueño de todas las estepas y junglas, pero no eres más que un cachorro que aún depende de sus mayores para sobrevivir. ¿Cuándo has hecho algo por sobrevivir, aparte de gemir clamando auxilio y compasión?
Me cansé, se acabó la joda. Ya tengo suficiente con mis propias heridas y mis pulgas, para andar preocupándome de otros que -en los momentos más necesarios- nunca están. Me cansé de ayudarte, me cansé de tus pobres y cada vez menos concretos intentos de ayudarme. Me cansé de ser yo el que de, el que entregue, el que se postergue.
Ya no te sirvo, así que haz lo de siempre: aléjate de mí.



Es cierto ese cansacio, pero ...
Es cierto ese cansacio, pero es cierto también, que aunque es necesario saber a quién mantener, a quién alejar, el cansacio puede silenciosamente envenarnos si no lo combatimos. Ojalá no te coma el cansancio, y te comas tú la vida, que es mejor. Y que aunque duela y canse, sigas, y no te detengas, y no bajes los ojos y lo intentes, aunque sea para seguir cayendo.
Besos