Camino con calma, mezclado con la masa inerte que va lo más rápido que puede. A veces a favor, a veces en contra, pero camino mezclado con ella.
Mientras camino, miro a sus ojos vacíos, opacos, perdidos detrás de cientos de preocupaciones y obligaciones; no me dicen absolutamente nada. Se han negado a si mismos, dejándose arrastrar, dejando que les arrebaten los sueños, dejándose insensibilizar cada día más: todo se ha vuelto una competencia en la que nos mentalizan a ser mejor que los demás... como si esos personajes que nos obligan a actuar así supieran siquera lo que es ser bueno.
Y eso no me hace mejor que el resto... sólo me hace diferente.
Miro con calma el triste espectáculo. No tengo donde ir... en realidad, no tengo un rumbo fijo. No necesito apurarme, porque nadie me espera. No necesito parar, porque no espero a nadie: lo que alguna vez busqué no existe, y cuando lo encontré, lo desperdicié; una lágrima agria se esconde detrás del humo del último cigarrillo, y por primera vez necesité un cigarrillo más.
Mordí con fuerza a la indiferencia, desquitándome por el mordizco que me dió la soledad: intento caminar como si nada pasara, como si nada importara, ocultándome tras todas las caretas que conozco, tras todas las caretas que he podido crear. Mis ojos se apagaron, mi paso se aceleró...entendí entonces que aquellos ojos opacos que vi por doquier no eran insensibles, sino almas solitarias.
Y sentí pena por ellos. Yo, al menos, me doy cuenta...



De cómo te miré aquél día
Estaba feliz de verte porque habías intervenido en aquel incidente de mi blog y quise demostrarlo. Mis ojos no mienten. Sólo eso me permites hacer. Hablarte hubiera sido incomodar... Sólo quería que supieras eso.